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La ansiedad que enferma: impacto del estrés en el cuerpo

La ansiedad que enferma: impacto del estrés en el cuerpo

La ansiedad que enferma: impacto del estrés en el cuerpo 800 800 Sandra Ribeiro

Cuando la mente se cansa, el cuerpo habla 

Vivimos en una época en la que el estrés se ha normalizado. Frases como “no paro”, “no tengo tiempo” o “voy a mil por hora” se han convertido casi en medallas de orgullo. Pero lo que solemos pasar por alto es que nuestro cuerpo no distingue entre el estrés cotidiano y una amenaza real: para él, ambos significan lo mismo —peligro— y reacciona de la misma forma. 

Cuando esa activación se vuelve constante, la ansiedad deja de ser una respuesta adaptativa y empieza a enfermar. Lo que comenzó como una forma de alerta para ayudarnos a reaccionar ante un problema, se convierte en una carga que desgasta poco a poco el equilibrio interno del organismo. 

El cuerpo y la mente no son dos entidades separadas. Lo que ocurre en la mente se manifiesta en el cuerpo, y lo que ocurre en el cuerpo influye en la mente. Por eso, la ansiedad sostenida no es solo un estado emocional: es un fenómeno fisiológico que afecta a cada sistema del organismo. 

Qué es el estrés y por qué aparece 

El estrés, en su esencia, no es malo. Es una respuesta biológica de supervivencia. Cuando el cerebro percibe una amenaza —real o imaginaria—, activa una cascada de reacciones químicas destinadas a prepararnos para “luchar o huir”. Esta reacción se conoce como respuesta de estrés agudo, y en pequeñas dosis puede ayudarnos a rendir mejor o afrontar un reto puntual. 

El problema surge cuando esa activación no se apaga. Cuando vivimos en “modo alerta” incluso en situaciones cotidianas —revisar correos, atender responsabilidades, cuidar de la familia o conducir—, el cuerpo permanece en tensión constante. Esa exposición prolongada se denomina estrés crónico, y es el punto de partida de muchos problemas de salud física y emocional. 

 El cerebro bajo estrés: cómo la ansiedad altera el sistema nervioso 

El sistema nervioso central es el primero en reaccionar ante el estrés. En cuestión de segundos, el hipotálamo —una pequeña región del cerebro encargada de regular las funciones vitales— envía una señal a las glándulas suprarrenales para liberar adrenalina y cortisol, las dos principales hormonas del estrés. 

La adrenalina: la chispa de la reacción inmediata 

La adrenalina acelera el ritmo cardíaco, dilata las pupilas, aumenta la tensión muscular y desvía la sangre hacia los músculos principales. Es lo que nos permite reaccionar con rapidez ante un peligro. Pero cuando esta activación se mantiene de forma continua, se produce una hiperexcitación del sistema nervioso, que se traduce en síntomas como: 

  • Palpitaciones o taquicardia. 
  • Temblores o sensación de nerviosismo. 
  • Dificultad para respirar. 
  • Mareos o sensación de irrealidad. 

Estos síntomas, cuando se mantienen en el tiempo, son comunes en los trastornos de ansiedad. 

El cortisol: la hormona del desgaste 

El cortisol, por su parte, es la hormona que mantiene al cuerpo en alerta durante más tiempo. En pequeñas dosis es útil: regula el metabolismo, ayuda a controlar la inflamación y mantiene los niveles de energía.
Pero cuando sus niveles se mantienen elevados durante semanas o meses, el cortisol deja de ser un aliado y se convierte en un agente de desgaste. 

El exceso de cortisol altera múltiples sistemas corporales, afectando al sueño, la digestión, el sistema inmunitario y la regulación hormonal. El resultado es un cuerpo cansado, vulnerable y con mayor predisposición a enfermar.  

El impacto físico del estrés: cuando el cuerpo grita lo que la mente calla 

El estrés crónico no se queda en la mente. Afecta directamente al funcionamiento de órganos y sistemas. 

  1. Sistema cardiovascular

El corazón es uno de los órganos que más sufre los efectos del estrés. La liberación continua de adrenalina y cortisol mantiene el pulso acelerado y la presión arterial elevada. Con el tiempo, esto puede contribuir a: 

  • Hipertensión arterial. 
  • Arritmias cardíacas. 
  • Aumento del riesgo de infarto o enfermedades coronarias. 

El estrés emocional también está relacionado con el llamado síndrome del corazón roto o miocardiopatía por estrés, una afección temporal que imita los síntomas de un infarto y se asocia a situaciones de angustia intensa. 

  1. Sistema digestivo

El intestino está directamente conectado con el cerebro a través del eje intestino-cerebro, un sistema de comunicación bidireccional que influye tanto en las emociones como en la digestión. Cuando hay ansiedad, el cuerpo redirige la sangre desde el aparato digestivo hacia los músculos, ralentizando la digestión y alterando su equilibrio. 

Esto puede causar: 

  • Acidez, gastritis o síndrome del intestino irritable. 
  • Náuseas, diarrea o estreñimiento. 
  • Sensación de “nudo en el estómago” o pérdida del apetito. 

La ciencia ha demostrado que el microbiota intestinal —el conjunto de bacterias beneficiosas del intestino— también se ve afectada por el estrés, lo que puede alterar el estado de ánimo y aumentar la vulnerabilidad emocional. 

  1. Sistema inmunológico

El cortisol tiene un efecto inmunosupresor. En situaciones de estrés prolongado, el sistema inmunitario se debilita, lo que se traduce en: 

  • Mayor predisposición a infecciones (resfriados, herpes, etc.).
  • Heridas que tardan más en cicatrizar. 
  • Procesos inflamatorios crónicos o enfermedades autoinmunes. 

Es decir, el estrés “desactiva” nuestras defensas cuando más las necesitamos. 

  1. Sistema endocrino y metabólico

El estrés altera profundamente el equilibrio hormonal. Los niveles de insulina, glucosa y hormonas sexuales se ven afectados. Esto puede provocar: 

  • Aumento del apetito o atracones emocionales. 
  • Acumulación de grasa abdominal. 
  • Cambios en la menstruación o fertilidad. 
  • Fatiga persistente o síndrome metabólico. 

Cuando el cuerpo vive en constante alerta, interpreta que necesita energía rápida para “sobrevivir”, por eso almacena grasa y ralentiza el metabolismo. Esta es una de las razones por las que muchas personas ganan peso en etapas de ansiedad o estrés, incluso comiendo lo mismo. 

  1. Sistema musculoesquelético

El estrés genera tensión muscular constante, especialmente en cuello, hombros y mandíbula. Esa contracción sostenida puede derivar en: 

  • Dolores de cabeza tensionales. 
  • Bruxismo (rechinar de dientes). 
  • Dolor lumbar o cervical crónico. 
  • Rigidez corporal y sensación de agotamiento. 

El cuerpo, literalmente, somatiza la carga emocional. Por eso, liberar la tensión física es parte esencial del tratamiento del estrés y la ansiedad.  

La neurociencia del estrés: cuando el cerebro se sobrecarga 

Desde la neurociencia, sabemos que el estrés crónico modifica la estructura y el funcionamiento del cerebro. Las áreas más afectadas son: 

  • Amígdala: responsable del miedo y las respuestas emocionales. Bajo estrés, se vuelve hiperactiva, haciendo que interpretemos cualquier situación como una amenaza. 
  • Hipocampo: relacionado con la memoria y el aprendizaje. El exceso de cortisol puede deteriorar sus neuronas, afectando la concentración y la memoria. 
  • Corteza prefrontal: encargada de la toma de decisiones y el control racional. Cuando el estrés es constante, su actividad se reduce, lo que explica por qué bajo ansiedad cuesta pensar con claridad o tomar decisiones. 

Estos cambios no son permanentes, pero sí significativos. Con descanso, terapia psicológica y hábitos saludables, el cerebro puede recuperar su equilibrio gracias a la neuroplasticidad, su capacidad para regenerarse y adaptarse. 

Estrés y metabolismo: un desequilibrio silencioso 

El estrés también tiene un impacto profundo en el metabolismo. Cuando el cuerpo percibe amenaza, prioriza la supervivencia inmediata y altera su funcionamiento interno. 

Esto genera una serie de respuestas metabólicas: 

  1. Liberación de glucosa en sangre: el hígado produce más azúcar para aportar energía rápida. 
  1. Resistencia a la insulina: el cuerpo se acostumbra a altos niveles de glucosa, dificultando su regulación. 
  1. Alteración del apetito: algunas personas comen más buscando placer inmediato; otras pierden el apetito por completo. 
  1. Aumento del colesterol y triglicéridos: el cuerpo intenta almacenar energía para futuros “episodios de estrés”. 

Con el tiempo, estas alteraciones pueden favorecer el desarrollo de diabetes tipo 2, obesidad o enfermedades cardiovasculares. 

El estrés, por tanto, no solo “se siente”, también cambia la química del cuerpo. 

Cuando el estrés se convierte en ansiedad: señales de alerta 

El estrés puntual es normal y necesario. Pero cuando la activación no cesa, aparece la ansiedad, un estado de hiperalerta constante que ya no responde a una amenaza real, sino imaginada. 

Algunas señales que indican que el estrés se está transformando en ansiedad: 

  • Pensamientos repetitivos y preocupación constante. 
  • Dificultad para relajarse, incluso en momentos de descanso. 
  • Problemas para dormir o despertares frecuentes. 
  • Irritabilidad o sensación de “nudo” en el pecho. 
  • Evitación de situaciones por miedo a perder el control. 

Reconocer estas señales es clave para prevenir que la ansiedad se cronifique. Cuanto antes se interviene, más fácil es restablecer el equilibrio. 

Cómo reducir el impacto del estrés en el cuerpo 

Aunque el estrés forma parte inevitable de la vida, sí podemos aprender a regularlo. No se trata de eliminarlo por completo, sino de desactivar la respuesta de alarma cuando ya no es necesaria. 

Algunas estrategias que pueden ser útiles son:  

  1. Respira con conciencia

La respiración es una de las herramientas más poderosas para calmar el sistema nervioso. Respirar profundamente activa el sistema parasimpático, encargado de la relajación.
Prueba el método 4-7-8: 

  • Inhala por la nariz durante 4 segundos. 
  • Mantén el aire 7 segundos. 
  • Exhala lentamente 8 segundos. 

Hazlo varias veces al día, especialmente en momentos de tensión. 

  1. Cuida el sueño

Dormir bien no es un lujo, es una necesidad biológica. La falta de sueño aumenta los niveles de cortisol y agrava la ansiedad.
Establece rutinas: evita pantallas antes de dormir, crea un ambiente oscuro y tranquilo, y acuéstate a la misma hora cada día. 

  1. Mueve el cuerpo

El ejercicio libera endorfinas, regula el cortisol y mejora el ánimo. No necesitas rutinas intensas: caminar, bailar, nadar o practicar yoga bastan. Lo importante es la constancia. 

  1. Aliméntate con equilibrio

Evita el exceso de cafeína, azúcar o alimentos ultraprocesados, ya que aumentan la excitación del sistema nervioso.
Incluye alimentos ricos en magnesio, omega-3 y antioxidantes (frutas, verduras, legumbres, frutos secos y pescado azul). 

  1. Conecta con lo que te calma

Cada persona tiene sus propias fuentes de bienestar: la música, el arte, la lectura, la naturaleza. Dedicar tiempo a esas actividades no es una pérdida de tiempo, es una inversión en salud mental y física. 

  1. Busca apoyo social

Compartir lo que sientes reduce la carga emocional. Hablar con amigos, familia o grupos de apoyo puede ayudarte a poner en perspectiva las preocupaciones. La soledad prolongada aumenta el estrés; la conexión lo alivia. 

  1. Practica la autocompasión

Deja de exigirte ser fuerte todo el tiempo. Permitirte descansar, sentir y equivocarte también forma parte de cuidarte. La autocompasión disminuye los niveles de cortisol y mejora la regulación emocional. 

Cuándo buscar ayuda profesional 

Hay momentos en los que, a pesar de poner en práctica estrategias de autocuidado, el cuerpo y la mente siguen pidiendo auxilio. Es entonces cuando buscar ayuda profesional se convierte en un paso necesario, no como último recurso, sino como un acto de responsabilidad y autocuidado. 

El estrés y la ansiedad pueden confundirse con “rasgos de personalidad” o con algo inevitable de la vida moderna, pero no deberíamos normalizar vivir agotados, tensos o en alerta constante. Si llevas tiempo sintiendo que no puedes desconectar, que tu cuerpo está siempre en tensión o que la mente no para ni un segundo, es momento de parar y pedir acompañamiento. 

La terapia psicológica ofrece un espacio seguro para entender qué hay detrás del malestar, identificar los pensamientos y patrones que lo alimentan y, sobre todo, aprender herramientas concretas para regular el sistema nervioso y recuperar el equilibrio. 

Algunos indicadores que pueden ayudarte a saber si necesitas apoyo profesional son: 

  • Dificultad para dormir o despertarte varias veces con preocupación o sensación de alerta. 
  • Dolencias físicas persistentes (dolor de cabeza, tensión muscular, molestias digestivas) sin causa médica clara. 
  • Sensación de agotamiento mental o falta de concentración. 
  • Irritabilidad, llanto fácil o sensación de no poder con todo. 
  • Aislamiento o pérdida de interés por actividades que antes disfrutabas. 
  • Ansiedad intensa o ataques de pánico. 

En consulta, te podemos ayudar a reconectar con tu cuerpo y tus emociones, aprender técnicas de relajación, reestructurar pensamientos automáticos negativos y establecer límites más saludables. Y por supuesto acompañarte a comprender el origen del estrés crónico —ya sea laboral, familiar o emocional— para poder intervenir de raíz, y no solo aliviar los síntomas. 

Además, si los síntomas físicos del estrés ya están afectando a tu salud (por ejemplo, tensión arterial alta, alteraciones hormonales o digestivas), el trabajo conjunto entre profesionales de la salud mental y médica puede marcar la diferencia. 

Acudir a terapia no es un signo de debilidad, sino de madurez emocional. Es elegir cuidarte de forma activa, darte permiso para parar y aprender a vivir con más calma y bienestar. 

Porque pedir ayuda no significa que estés fallando; significa que has decidido dejar de sostenerlo todo solo. 

En conclusión: cuerpo y mente, un mismo lenguaje 

El estrés y la ansiedad no son solo “cosas de la mente”. Son mensajes que el cuerpo utiliza para decirnos que algo no va bien. Escucharlos a tiempo puede prevenir enfermedades físicas, emocionales y metabólicas. 

La ansiedad que enferma es aquella que ignoramos, la que callamos mientras seguimos funcionando. Pero también puede ser una oportunidad: la oportunidad de reconectar con el cuerpo, poner límites y recuperar el equilibrio. 

Cuidar tu salud mental es cuidar de todo tu organismo. Porque, al final, no hay bienestar físico sin bienestar emocional. 

Estamos aquí para ayudarte.

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