Hay personas que dicen “sí” casi sin darse cuenta.
Aceptan, ceden, se adaptan, anticipan necesidades ajenas… y solo más tarde, cuando están solas, aparece el cansancio, el enfado o una sensación difusa de haberse abandonado otra vez.
Y, por más que puedas sentirte tentado/a a juzgarte, no es falta de carácter, no es ingenuidad. Y, desde luego, no es solo un rasgo de personalidad.
La complacencia persistente tiene una base neurobiológica, emocional y relacional que merece ser entendida con profundidad. Porque cuando agradar se convierte en una necesidad, el cerebro entra en un circuito que puede volverse sorprendentemente adictivo.
Teresa y el “sí” que siempre sale solo: Un caso que podría ser el tuyo, el mío o el de cualquiera
Imagina a Teresa, 42 años. Podría llamarse de cualquier otra manera y tener cualquier edad, pero su historia se parece mucho a la de tantas personas que viven con el piloto automático de complacer.
A simple vista, Teresa parece resolutiva, disponible, responsable. En el trabajo siempre está para todo y para todos. En casa evita discusiones. En el grupo de amigos se adapta a los planes “para no complicar”. Y cuando alguien necesita algo, ella ya lo ha hecho antes de que se lo pidan.
Pero hay un detalle importante: casi nunca le apetece de verdad.
Antes del “sí”
Cuando recibe una petición, su cuerpo reacciona más rápido que su mente.
Ella lo describe así:
- “Se me encoge el pecho.”
- “Noto nervios.”
- “Es como si una parte de mí se bloqueara.”
En esos segundos previos al “no”… aparece una oleada de tensión. No piensa: “no quiero hacerlo”. Piensa: “se van a enfadar”, “me van a ver rara”, “no me cuesta nada”.
Y entonces dice “sí”. Sin haberlo decidido realmente.
Es un reflejo, un modo de proteger la armonía, de evitar que algo se rompa.
Y al instante, nota algo muy claro: “Siento un alivio enorme.”
Ese alivio es físico. Como si su cuerpo dijera: “Vale, ya está, no habrá conflicto.”
Ese momento es el que engancha. Porque la tensión baja. El miedo se calma.
Todo parece volver a su sitio.
Después del “sí”
Pero horas después, o incluso al terminar el día, aparece la otra cara:
- Cansancio: “Estoy agotada, no puedo más”
- Frustración y enfado: “¿Por qué no puedo decir que no?”
- Sensación de haber traicionado sus propias necesidades
- Pensamientos tipo: “¿Por qué siempre hago lo mismo?”
La historia detrás
Cuando Teresa mira hacia atrás, recuerda que en su infancia la atmósfera era impredecible. Había cariño, sí, pero condicionado. Si ella se adaptaba y no generaba problemas, todo fluía. Si necesitaba algo, el ambiente se tensaba.
Nunca hubo violencia, pero sí una enseñanza silenciosa:
“Si soy “fácil” y siempre estoy disponible, me querrán.”
Y ese mensaje quedó grabado en su cuerpo, no en su cabeza.
Lo que no se ve desde fuera
Quien mira a Teresa desde fuera ve a una persona amable, servicial, siempre dispuesta.
Quien mira a Teresa desde dentro ve otra cosa:
- Miedo a molestar
- Miedo a perder el afecto
La complacencia no es una elección consciente. Es una estrategia de supervivencia emocional que se vuelve automática.
¿Te has sentido identificada/o con Teresa? Te explico el porqué.
Porque lo que le pasa a ella no es “un problema raro”, sino un patrón que aparece en miles de personas que crecieron asociando vínculo con sacrificio, amor con adaptación, tranquilidad con ceder.
Cuando agradar no es elección, sino reflejo
Como hemos comentado, hay personas que dicen “sí” sin pensarlo, como si el cuerpo respondiera antes que la mente. Y, en cierto modo, es exactamente lo que ocurre.
Complacer no es lo mismo que ser amable.
La amabilidad nace de la presencia y la libertad: elijo cuidar, elijo ayudar, elijo ser flexible.
La complacencia compulsiva, en cambio, no viene de un lugar de elección, sino de un lugar de protección. El cuerpo no está preguntando: “¿Quiero hacerlo?” sino:
“¿Qué tengo que hacer para que no pase nada malo?” Para que no se enfade, para que no me abandone, para que no me deje de querer…
El cuerpo decide antes que el pensamiento
La diferencia profunda entre amabilidad y complacencia suele sentirse antes de poder describirse con palabras. A nivel somático aparecen señales claras:
-
Tensión corporal antes de decir “no”
Justo en el instante previo a poner un límite puedes sentir que:
- Se te acelera el corazón
- Aumenta la respiración
- Aparece un nudo en el estómago o en el pecho
- Surge una oleada de calor o inquietud
El cuerpo reacciona como si hubiera peligro real.
Ese “peligro” no viene del presente, sino de un aprendizaje antiguo: la asociación entre desacuerdo = conflicto = pérdida del vínculo.
-
Conducta automática: ceder
La persona cede casi sin pensarlo, de forma casi automática. No porque lo desee, sino porque ceder calma.
Todo esto sucede muy rápido:
- Amenaza percibida
- Activación fisiológica
- Conducta que resuelve la tensión
- Alivio
Ese alivio es el premio que refuerza el patrón y cada vez se hace más fuerte.
-
Alivio inmediato (la clave neurobiológica)
En cuanto la persona dice “sí”, la activación baja, es decir:
- Disminuye la tensión muscular
- Baja el cortisol (hormona relacionada con el estrés)
- La respiración se regula
- Aparece sensación de “respiro”
Este alivio es la recompensa del circuito. No se trata de placer, sino de la eliminación de un malestar. Es un mecanismo de refuerzo negativo: hago algo para evitar un estado interno que es incómodo y amenazante. El cerebro memoriza eso como éxito.
-
Malestar diferido
El problema es que horas o días después, aparece el coste emocional:
- Culpa por no haberse respetado
- Resentimiento hacia el otro
- Cansancio y sensación de no poder más
- Sensación de invisibilidad
- Autoexigencia y autocrítica
Es importante entender que, infelizmente, este malestar tardío no afecta al patrón.
El cerebro aprende solo del alivio inmediato, no del problema que llega después.
Por qué este patrón se vuelve automático
Cuando una conducta, en este caso, ceder, produce alivio inmediato, el cerebro la consolida como vía rápida para evitar el malestar. No necesita que sea “buena” a largo plazo; solo necesita que funcione ya.
Con el tiempo, el patrón se vuelve:
- Reflejo corporal: Se torna una respuesta automática
- Rutina neural: Los caminos utilizados se ven reforzados
- Estrategia relacional: El patrón se torna una forma de estar en el mundo
La persona no elige complacer: su sistema nervioso prioriza la supervivencia relacional (es decir, la relación con el otro) por encima de su propia necesidad.
Por qué no es “falta de límites”, sino protección aprendida
Decirle a alguien que “debe aprender a poner límites” sin comprender su historia relacional es injusto y poco efectivo. La complacencia no surge por debilidad, ni por falta de carácter, ni por ignorancia.
Surge porque en algún momento de tu vida (infancia, adolescencia, amistades o pareja anterior) complacer fue la estrategia más segura. Fue la manera de mantener el vínculo, evitar conflicto, reducir tensión o conseguir afecto.
El cuerpo aprendió eso. Y lo repite.
Y cuando ese aprendizaje se hace en la infancia, se queda en el cuerpo.
Aunque la persona adulta ya no esté en el mismo contexto, el cuerpo sigue respondiendo a los demás como si dependiera de ellos para estar a salvo.
No se trata de dejar de ser generosa/o, empática/o o disponible. Esas cualidades son maravillosas. Se trata de aprender a que el cuidado hacia los demás no implique dejar de cuidarse a una/omisma/o.
De que la paz no venga solo de evitar el conflicto, sino también de sostenerse internamente. Porque la libertad emocional empieza cuando podemos elegir:
“Hoy digo sí porque quiero. Mañana diré no porque me necesito.”
La amabilidad nace del deseo de conectar; la complacencia nace del miedo a perder la conexión.
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Sandra Ribeiro
Psicóloga General Sanitaria (M-34885)
Profesora del Dpto. de Psicología de la Personalidad, Evaluación y Tratamientos Psicológicos de la UNED
Profesora del Máster en Psicología General Sanitaria de la Universidad Villanueva
Responsable de formación y supervisora de casos clínicos en el Servicio de Psicología Aplicada (SPA) de la UNED
