La autoestima influye en la forma en que nos hablamos, en las decisiones que tomamos y en cómo nos relacionamos con los demás. Aunque solemos escuchar que «hay que tener la autoestima alta», pocas veces se explica qué significa realmente este concepto o cómo se desarrolla a lo largo de la vida.
Es habitual pensar que la autoestima consiste simplemente en quererse más o en tener mucha confianza en uno mismo, pero realmente es un proceso mucho más complejo. La manera en que nos valoramos no surge de la nada, ni depende únicamente de nuestra personalidad. Se va construyendo a partir de las experiencias que vivimos, de las relaciones que establecemos con otras personas y de la forma en que aprendemos a interpretar lo que nos ocurre.
Además, la autoestima no permanece igual durante toda la vida. Puede fortalecerse en determinados momentos y volverse más vulnerable en otros. Un cambio importante, una ruptura de pareja, una etapa de estrés o una pérdida pueden hacer que empecemos a cuestionarnos a nosotros mismos de una forma que antes no hacíamos. Del mismo modo, las experiencias de apoyo, los vínculos seguros o un proceso terapéutico pueden ayudarnos a desarrollar una relación más amable y estable con nosotros mismos.
Comprender cómo funciona la autoestima es el primer paso para dejar de verla como una cualidad con la que se nace o se carece de ella. Es una construcción que puede cambiar y evolucionar con el tiempo.
¿Qué es realmente la autoestima?
La autoestima puede definirse como la valoración global que hacemos de nosotros mismos. Es decir, la forma en que percibimos nuestro propio valor como personas. Esta valoración no depende únicamente de lo que pensamos sobre nosotros, sino también de las emociones que sentimos hacia quienes somos y de cómo interpretamos nuestras experiencias.
Aunque pueda parecer un concepto sencillo, la autoestima va mucho más allá de sentirse bien o mal en un momento concreto. Todos podemos tener días en los que nos sintamos más inseguros o momentos en los que dudemos de nuestras capacidades. Eso no significa necesariamente que tengamos una baja autoestima. Lo importante es la visión general que mantenemos sobre nosotros mismos y cómo esa visión influye en nuestra manera de afrontar la vida.
Una persona con una autoestima saludable no se considera perfecta ni cree que nunca vaya a equivocarse. Tampoco necesita destacar por encima de los demás para sentirse valiosa. Lo que suele caracterizar una autoestima sana es la capacidad de reconocer tanto las fortalezas como las limitaciones sin que ninguna de ellas defina completamente quién es.
Por el contrario, cuando la autoestima es más frágil, es frecuente que el valor personal dependa en exceso de factores externos. Un elogio puede hacer que la persona se sienta válida durante un tiempo, mientras que una crítica o un error pueden provocar que aparezcan pensamientos como «no soy suficiente», «siempre hago todo mal» o «nunca voy a conseguirlo». En estos casos, la percepción de uno mismo cambia con facilidad en función de lo que ocurre alrededor.
Precisamente por eso, hablamos de una autoestima saludable o estable en lugar de una autoestima «alta». Una autoestima sana no consiste en sentirse superior a los demás ni en pensar constantemente de forma positiva. Significa mantener una valoración relativamente estable de uno mismo incluso cuando las cosas no salen como esperábamos.
También suele ser frecuente confundir la autoestima con otros conceptos que están relacionados pero que no son lo mismo. Por un lado, está la confianza en uno mismo, que hace referencia a la percepción de capacidad para realizar determinadas tareas o enfrentarse a situaciones concretas. Una persona puede sentirse muy segura en su trabajo o practicando un deporte y, sin embargo, cuestionar constantemente su valor como persona. Del mismo modo, alguien puede tener una autoestima saludable y sentirse inseguro al empezar un empleo nuevo o al hablar en público. La confianza cambia según el contexto, mientras que la autoestima tiene un carácter más amplio.
Por otro lado, encontramos el amor propio, un término muy popular para muchos. Aunque ambos conceptos están relacionados, no significan exactamente lo mismo. El amor propio hace referencia, sobre todo, a la manera en que nos tratamos: el respeto que mostramos hacia nuestras necesidades, el cuidado personal, la capacidad para poner límites o la compasión con la que respondemos cuando atravesamos momentos difíciles. La autoestima incluye todo esto, pero además engloba la valoración que hacemos de quiénes somos.
Es importante matizar que, a menudo se piensa que una persona con buena autoestima nunca duda de sí misma, nunca siente inseguridad y siempre tiene una actitud positiva. Sin embargo, nos encontramos que es justo lo contrario. Las personas con una autoestima saludable también experimentan miedo, frustración o incertidumbre. La diferencia es que esos momentos no determinan completamente la imagen que tienen de sí mismas.
En otras palabras, la autoestima no consiste en eliminar las inseguridades, sino en aprender a convivir con ellas sin que definan nuestro valor como personas.
¿Cómo se construye la autoestima?
Una de las preguntas más frecuentes es si nacemos con una determinada autoestima o si se desarrolla con el tiempo. Hoy en día se sabe que la autoestima no es una característica fija con la que venimos al mundo, sino una construcción que va evolucionando a lo largo de la vida.
Desde que nacemos comenzamos a formar una imagen de nosotros mismos a través de las relaciones que establecemos con las personas que nos rodean. Durante la infancia, las figuras de cuidado desempeñan un papel especialmente importante. La forma en que responden a nuestras necesidades, cómo expresan el afecto, cómo ponen límites o cómo reaccionan cuando cometemos errores contribuye a que vayamos desarrollando determinadas creencias sobre quiénes somos y qué podemos esperar de los demás.
Esto no significa que unos padres tengan que hacerlo todo perfecto para que sus hijos desarrollen una autoestima saludable. Lo que realmente resulta beneficioso es crecer en un entorno donde predominen el afecto, la seguridad y la posibilidad de reparar los conflictos cuando aparecen. Los niños aprenden mucho más de una relación en la que los errores pueden hablarse y resolverse que de una en la que se intenta evitar cualquier dificultad.
A medida que crecemos, la autoestima continúa desarrollándose a través de nuevas experiencias. La etapa de la adolescencia suele ser especialmente relevante porque coincide con un periodo de grandes cambios físicos, emocionales y sociales. En esos años cobra mayor importancia la opinión del grupo de iguales, aparecen las primeras relaciones sentimentales y comienza un proceso de construcción de la propia identidad. Todo ello puede hacer que la percepción sobre uno mismo fluctúe con más facilidad.
En la actualidad, es de sobra conocido el impacto de las redes sociales sobre la autoestima. Aunque suelen señalarse como una de las principales causas de este problema, no se puede afirmar que las redes sociales, por sí solas, provoquen una baja autoestima. Lo que sí ocurre es que determinados usos, como la comparación constante con imágenes idealizadas, la búsqueda excesiva de aprobación mediante «me gusta» o el consumo pasivo de contenido, pueden favorecer sentimientos de insatisfacción en algunas personas. En las personas con autoestima sana se suele dar un uso equilibrado y consciente.
La autoestima tampoco deja de desarrollarse cuando alcanzamos la edad adulta. Las experiencias que vivimos siguen moldeando la forma en que nos vemos. Una relación de pareja, un entorno laboral, una amistad significativa, la maternidad o la paternidad, una enfermedad, una pérdida importante o un cambio vital pueden influir en nuestra percepción personal.
Sin embargo, es importante no interpretar esto de manera rígida. Haber crecido en un entorno crítico o haber vivido experiencias difíciles no significa que la autoestima vaya a permanecer siempre dañada. La autoestima se construye de forma continua porque nuestro cerebro mantiene capacidad para aprender y adaptarse durante toda la vida, nuestras experiencias presentes también tienen un enorme poder para transformar la manera en que nos relacionamos con nosotros mismos.
En este proceso, las relaciones ocupan un lugar especialmente importante. Las personas necesitamos sentirnos aceptadas, comprendidas y valoradas por quienes forman parte de nuestra vida. Cuando establecemos vínculos seguros, en los que podemos mostrarnos tal y como somos sin miedo constante al rechazo, resulta más fácil desarrollar una visión de nosotros mismos basada en el respeto y no únicamente en la necesidad de aprobación.
Por el contrario, cuando las relaciones se caracterizan por la crítica constante, la desvalorización, el control o la falta de reconocimiento emocional, es más probable que aparezcan dudas sobre nuestro propio valor. No porque esas relaciones definan quiénes somos, sino porque influyen en la manera en que aprendemos a mirarnos.
Comprender cómo se ha construido nuestra autoestima no consiste en buscar culpables ni en quedarse anclado en el pasado. Significa entender que la forma en que hoy nos tratamos tiene una historia, y que conocer esa historia puede ser el primer paso para empezar a construir una relación diferente con nosotros mismos.
¿Qué puede debilitar la autoestima y cómo empezar a fortalecerla?
A lo largo de la vida todos podemos atravesar momentos en los que nuestra autoestima se vea afectada. Un despido, una ruptura de pareja, un problema de salud o una etapa de mucho estrés pueden hacer que empecemos a cuestionarnos más de lo habitual. Esto no significa necesariamente que tengamos una baja autoestima, sino que nuestra forma de valorarnos también puede verse influida por las circunstancias que estamos viviendo.
Sin embargo, cuando esa visión negativa sobre uno mismo se mantiene en el tiempo y termina condicionando la forma de pensar, sentir y actuar, es posible que la autoestima se haya vuelto más frágil. En estos casos, no se debe a una única causa, si no que intervienen diferentes factores que, poco a poco, refuerzan una percepción negativa de uno mismo.
Uno de ellos es la autocrítica excesiva. Todas las personas tenemos un diálogo interno, es decir, una forma de hablarnos a nosotros mismos. El problema aparece cuando esa voz se vuelve especialmente dura y exigente. En lugar de interpretar los errores como parte natural del aprendizaje, la persona los vive como una prueba de que no es suficientemente válida. Con el tiempo, este tipo de pensamientos pueden convertirse en la manera automática de relacionarnos con nosotros mismos.
También es habitual que haya una necesidad constante de aprobación. Cuando el valor personal depende en gran medida de lo que opinan los demás, cualquier elogio proporciona tranquilidad durante un tiempo, pero una crítica o un conflicto pueden hacer que esa seguridad desaparezca rápidamente. La autoestima pasa entonces a sostenerse sobre algo que resulta muy difícil de controlar: la opinión ajena.
Otro factor que suele debilitar la autoestima es el perfeccionismo, que lo que realmente esconde es un profundo miedo a equivocarse. La persona siente que solo será suficiente si hace las cosas perfectamente, por lo que cualquier error se vive con una gran sensación de fracaso. Paradójicamente, este miedo puede llevar tanto a dedicar un esfuerzo excesivo a cada tarea como a posponerlas por temor a no hacerlas lo bastante bien.
La comparación constante con otras personas también puede contribuir a mantener una autoestima frágil. Compararnos es un proceso natural y forma parte de nuestro funcionamiento psicológico. El problema surge cuando esas comparaciones son continuas y siempre terminan reforzando la idea de que los demás son mejores, más exitosos o felices que nosotros. Hoy en día, las redes sociales favorecen este tipo de comparaciones porque solemos percibir una versión muy seleccionada de la vida de los demás, de la que detrás pueden existir dificultades, inseguridades y problemas que no vemos.
Además de estos factores, las relaciones que mantenemos también desempeñan un papel muy importante. Permanecer durante mucho tiempo en un entorno donde predominan las críticas, la desvalorización, el rechazo o la manipulación puede hacer que una persona termine incorporando esos mensajes a la forma en que se percibe a sí misma. Del mismo modo, experiencias como el acoso escolar, el rechazo social o determinadas vivencias familiares pueden dejar una huella que continúe influyendo muchos años después.
Comprender qué factores han contribuido a debilitar la autoestima no implica buscar culpables ni quedarse atrapado en el pasado. Más bien permite entender que la forma en que nos vemos tiene una historia y que, si ha sido aprendida, también puede modificarse.
Fortalecer la autoestima no significa convencerse de que todo lo hacemos bien ni intentar eliminar cualquier pensamiento negativo. El hecho de repetir afirmaciones positivas sin que resulten creíbles para nosotros mismos suele tener un efecto muy limitado y, en algunos casos, incluso puede generar mayor frustración. Construir una autoestima más saludable implica cambios más profundos y sostenidos en el tiempo.
Uno de los primeros pasos consiste en aprender a identificar el propio diálogo interno. Muchas personas descubren en terapia que se hablan con una dureza que jamás utilizarían con alguien a quien quieren. Empezar a reconocer esos pensamientos permite cuestionarlos y sustituir poco a poco las interpretaciones más extremas por otras más realistas.
También, hay que diferenciar el valor personal del rendimiento. En la sociedad actual se concede una enorme importancia a la productividad, al éxito y a los resultados. Es fácil terminar creyendo que solo valemos cuando conseguimos determinados objetivos o cuando los demás reconocen nuestro esfuerzo. Sin embargo, nuestro valor como personas no depende únicamente de lo que logramos. Aprender a separar ambos aspectos es uno de los cambios más importantes para desarrollar una autoestima más estable.
Otro aspecto fundamental consiste en practicar una actitud más compasiva hacia uno mismo. La autocompasión no significa justificar cualquier comportamiento ni conformarse con las dificultades. Significa responder a los propios errores y momentos de sufrimiento con comprensión en lugar de hacerlo desde la crítica constante. Está demostrado en diferentes investigaciones que las personas con mayores niveles de autocompasión suelen presentar un mejor bienestar psicológico, menos ansiedad y una autoestima más estable.
Las relaciones también pueden convertirse en una fuente de protección. Rodearnos de personas con las que podemos mostrarnos tal y como somos, expresar nuestras necesidades y sentirnos respetados favorece una percepción más saludable de nosotros mismos. Del mismo modo, aprender a establecer límites cuando una relación nos hace daño es una forma importante de cuidar la autoestima.
Por último, es importante aclarar que la autoestima no se fortalece de un día para otro. Del mismo modo que se ha ido construyendo a través de años de experiencias, también necesita tiempo para transformarse. Habrá momentos de mayor seguridad y otros en los que vuelvan a aparecer las dudas. Esto forma parte del proceso y no significa que no se esté avanzando.
¿Cuándo puede ayudar acudir a terapia?
Es normal que, en determinados momentos, nos sintamos más inseguros o cuestionemos nuestras capacidades. Sin embargo, cuando esa forma de relacionarnos con nosotros mismos empieza a generar un malestar importante o limita nuestra vida cotidiana, puede ser el momento de buscar ayuda profesional.
Algunas personas acuden a terapia porque sienten que nunca son suficientes, incluso cuando alcanzan sus objetivos. Otras lo hacen porque les resulta muy difícil poner límites, expresar sus necesidades o tomar decisiones sin sentirse culpables. También es frecuente que una autoestima frágil esté presente en problemas como la ansiedad, la depresión, el perfeccionismo, la dependencia emocional o las dificultades en las relaciones de pareja.
En estos casos, el objetivo de la terapia no consiste simplemente en «subir la autoestima». Trabajar la autoestima implica comprender cómo se ha construido esa imagen de uno mismo, identificar los mensajes que la han ido moldeando y desarrollar formas más saludables de relacionarnos con nosotros mismos y con los demás.
Aunque el camino no siempre es rápido, la terapia ofrece un espacio seguro para revisar esas experiencias, cuestionar creencias que ya no resultan útiles y construir una relación con uno mismo basada en una mayor comprensión, respeto y flexibilidad.
Conclusiones
La autoestima forma parte de la manera en que nos relacionamos con nosotros mismos y, por tanto, influye en muchos aspectos de nuestra vida: las decisiones que tomamos, nuestras relaciones, la forma de afrontar los errores o la capacidad para pedir ayuda cuando la necesitamos.
La autoestima se va construyendo a través de las experiencias, los vínculos y el significado que damos a lo que vivimos. Como son aspectos que van cambiando a lo largo de nuestra vida, las dificultades no tienen por qué definir para siempre la forma en que nos vemos, del mismo modo que una buena etapa no garantiza que nunca volvamos a dudar de nosotros mismos.
Desarrollar una autoestima saludable no significa dejar de sentir inseguridad ni pensar que todo lo hacemos bien. Significa aprender a reconocer nuestro valor incluso cuando cometemos errores, aceptar que la imperfección forma parte de la experiencia humana y construir una relación con nosotros mismos basada en el respeto y compasión, más que en la exigencia constante.
Comprender cómo se ha construido tu autoestima puede ser el primer paso para empezar a relacionarte contigo mismo de una forma diferente. Y cuando ese camino resulta demasiado difícil para recorrerlo en solitario, pedir ayuda también puede formar parte del proceso de cuidarte.
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