• Centro Sanitario Autorizado nº CS19965 - Saber más

Duelos invisibles. Lo que no se nombra y duele igual 

Duelos invisibles. Lo que no se nombra y duele igual 

Duelos invisibles. Lo que no se nombra y duele igual  800 800 Sandra Ribeiro

Al pensar en el duelo, casi de manera automática aparece una imagen: la muerte de alguien querido. Un funeral. Ropa negra. Un cementerio. Llanto compartido. Una ausencia. 

Esa imagen, siendo cierta, quizá sea demasiado estrecha. Porque el duelo no solo comienza en el fallecimiento de una persona. Probablemente esa es una de sus expresiones más intensas, pero no la única. Para comprender qué es realmente un duelo conviene ampliar un poco la mirada. 

La propia palabra ya nos ofrece una pista. Etimológicamente, duelo remite tanto al combate (duellum) como al dolor (dolere). El duelo es, al mismo tiempo, una lucha y un sufrimiento. 

Una lucha, porque nunca es un estado pasivo. Es un enfrentamiento silencioso entre dos realidades que conviven dentro de nosotros: entre lo que fue y lo que ya no es; entre el deseo de que todo permanezca igual y la necesidad de aceptar que ha cambiado; entre aferrarnos a lo conocido o permitirnos transformarnos. 

Y es también el dolor que aparece cuando perdemos algo significativo. Un dolor que habla del valor que aquello tenía para nosotros y el hueco que ha dejado. Allí donde existe un vínculo importante, existe también la posibilidad del duelo. 

Algunos autores proponen una tercera lectura más simbólica, relacionada con el griego dólos, el engaño. Esta reconoce que toda pérdida rompe una ilusión: la ilusión de permanencia, de que aquello que hoy sostiene nuestra vida iba a acompañarnos para siempre. El duelo nos enfrenta precisamente a esa fractura y nos obliga a encontrar una nueva manera de habitar la realidad.  

Por eso el duelo no aparece únicamente cuando algo termina. También surge cuando algo se interrumpe, cuando una etapa concluye o cuando la vida nos obliga a dejar atrás una forma de vivir que ya no puede continuar. Y entonces surge una pregunta inevitable: si la vida es una sucesión de etapas, ¿no convivimos con el duelo mucho más de lo que imaginamos? 

Vivir es perder 

Ciertamente, si ampliamos la mirada, descubrimos que la vida entera está atravesada por el cambio. Cada etapa deja atrás a la anterior. Cada relación evoluciona. Cada decisión importante abre un camino y cierra muchos otros.  

La libertad aparece como una dimensión menos amable de la que solemos imaginar. Elegir significa abrir una posibilidad; pero también renunciar a todas las demás. Ese es el coste silencioso de toda elección. A medida que decidimos, dejamos de ser quienes éramos para convertirnos, progresivamente, en alguien diferente. Y no sólo perdemos aquello que tuvimos. También dejamos atrás todas esas vidas que podrían haber llegado a ser. 

¿Significa eso que toda elección implica un duelo? No necesariamente. 

Lo que convierte una pérdida en un duelo no es lo que desaparece, sino el lugar que ocupaba en nuestra vida, algo que sostenía nuestra identidad, nuestros vínculos o el futuro que imaginábamos. Es como cruzar un túnel: dejamos atrás una forma de vivir antes de descubrir la siguiente y, durante un tiempo, habitamos un intervalo incierto entre quien fuimos y quien llegaremos a ser. 

El ritual 

Durante miles de años, los seres humanos aprendieron de la naturaleza que la vida no es lineal, sino cíclica: todo nace, crece, madura, muere y da paso a un nuevo comienzo. Las cosechas, los solsticios o el cambio de las estaciones recordaban que todo cambio necesita tiempo. Ahí reside una de las claves para comprender este fenómeno: el duelo no es una excepción de la vida, sino uno de los procesos mediante los cuales la vida cambia de forma. Por eso las culturas tradicionales acompañaban los grandes hitos de la existencia, como el nacimiento, la entrada en la vida adulta, el matrimonio o la muerte, mediante ritos de paso. Estas ceremonias ayudaban a atravesar ese túnel en compañía, haciendo visible el tránsito.  

Sin embargo, nuestra cultura moderna premia los atajos y las soluciones inmediatas. La respuesta social suele invitarnos a seguir adelante cuanto antes, buscar reemplazos o pensar en lo positivo, como si toda pérdida debiera resolverse en lugar de transitarse, y detenerse a despedirse fuera una pérdida de tiempo. 

Quizá por eso doler nos resulta tan difícil: hemos dejado de mirar a la naturaleza como maestra de las transiciones. 

El lenguaje con el que aprendemos a doler 

Sentir también es un aprendizaje cultural. Desde niños descubrimos, a través de los demás, qué emociones son legítimas y qué nombre tienen, cuándo y cómo pueden expresarse y cuánto tiempo parece aceptable sostenerlas.  

Del mismo modo, tampoco nacemos sabiendo hacer duelo. Nos enseñan a identificarlo, nombrarlo y expresarlo en la cultura en la que vivimos. Algunas sociedades lo sostienen colectivamente; otras lo convierten casi en una responsabilidad individual. Hay pérdidas que encuentran palabras, rituales, tiempos para doler y personas que acompañan, como ocurre cuando fallece un ser querido. Otras, en cambio, transcurren casi en silencio. 

La ruptura de una pareja. La pérdida de una amistad. La infertilidad. La migración. El desempleo. La enfermedad. La jubilación. O simplemente dejar atrás una etapa de la vida, aunque el futuro prometa algo mejor. A veces, incluso el propio lenguaje refleja esa ausencia: existe la palabra huérfano para quien pierde a sus padres y viudo para quien pierde a su pareja, pero no existe un término equivalente para nombrar a una madre o un padre que pierde a un hijo. 

Cuando una experiencia carece de un nombre o de un lugar donde ser reconocida, resulta mucho más difícil integrarla. Sin embargo, el cuerpo percibe la pérdida mucho antes de que podamos comprenderla. Por eso, a veces aparece una tristeza sin causa aparente, una sensación de vacío o la intuición de que algo importante ha cambiado, aunque todavía no sepamos decir qué. 

Nombrar una pérdida no cambia lo que ha ocurrido. Pero sí cambia la mirada con que la acogemos.  

Dar permiso al duelo 

Todos llevamos un currículum de pérdidas. Algunas fueron visibles y encontraron palabras, compañía o un espacio para la despedida. Otras pasaron casi inadvertidas, como si nunca hubieran existido. Sin embargo, todas han ido moldeando, de una forma u otra, la persona que somos hoy.  

Quizá no podamos recuperar los antiguos ritos de paso, pero sí rescatar algo de su sentido: detenernos, reconocer lo que hemos perdido y concedernos el tiempo necesario para atravesarlo.  

Al fin y al cabo, el duelo no consiste en volver a ser quienes éramos. Consiste en aprender a convivir con esa ausencia mientras descubrimos, paso a paso, quién podemos llegar a ser después de ella. 

Estamos aquí para ayudarte.

Pide cita:

Rellena nuestro formulario

Para mantenerte informado/a de todos nuestros artículos, síguenos en Instagram.

Autor

Pide cita

Pedir-cita
¿Cuándo prefieres tener tu cita?
Marca todas las opciones que prefieras
¿Y en qué horario?
Marca todas las opciones que prefieras
Modalidad
Marca todas las opciones que prefieras