Quizá últimamente sientas que algo en ti ha cambiado.
Sigues con tu vida. Cumples con tus responsabilidades, haces lo que tienes que hacer y, desde fuera, podría parecer que todo sigue más o menos igual. Pero tú notas que no es exactamente así.
Estás más cansado. Te cuesta disfrutar de algunas cosas como antes. Hay situaciones que te afectan más de lo que esperabas. Quizá tienes menos ilusión, más ansiedad o una sensación de vacío que no sabes muy bien cómo explicar.
Y lo más desconcertante puede ser precisamente eso: no encuentras una razón clara que explique por qué te sientes así.
Incluso puedes pensar que ya deberías estar bien. Lo que ocurrió ya pasó. Tal vez fue una decisión necesaria, un cambio que esperabas o algo que, visto desde fuera, no parecía tener tanta importancia.
Sin embargo, tú notas que desde entonces algo cambió por dentro.
En consulta es frecuente encontrarnos con personas que llegan hablando de cansancio, ansiedad, tristeza o sensación de bloqueo y que, al repasar lo que ha ocurrido en sus vidas, empiezan a descubrir una conexión que hasta entonces no habían visto.
Quizá están intentando adaptarse a una pérdida que nunca llegaron a reconocer como tal. Porque no todas las pérdidas se ven.
Cuando no sabemos que estamos atravesando un duelo
Cuando pensamos en el duelo, solemos asociarlo a la muerte de una persona cercana. Es una pérdida que tiene un nombre, una despedida y, normalmente, un entorno que entiende que necesitamos tiempo para procesarla.
Pero existen muchas otras pérdidas que no reciben ese mismo reconocimiento.
Una relación que termina. Una amistad que se rompe. Un trabajo que perdemos. Una enfermedad que cambia nuestra manera de vivir. Una migración. La jubilación. El momento en que los hijos se marchan de casa. Un embarazo que no continúa. Las dificultades para formar una familia. El final de una etapa que sabíamos que tenía que terminar, pero que aun así nos cuesta dejar atrás.
Y hay pérdidas todavía más difíciles de explicar, porque no siempre perdemos algo que teníamos. A veces hacemos duelo por algo que esperábamos tener.
También podemos hacer duelo por un futuro que no ocurrió
Cuando pensamos en nuestra vida, no imaginamos únicamente lo que está sucediendo ahora. También construimos, casi sin darnos cuenta, una idea de lo que vendrá.
Imaginamos una familia, una relación duradera, una profesión, una determinada forma de vivir. Pensamos en los lugares a los que iremos, en las experiencias que tendremos o incluso en la persona que creemos que llegaremos a ser.
Ese futuro todavía no existe, pero puede tener un significado muy real para nosotros.
Por eso, cuando las circunstancias cambian y una de esas posibilidades deja de estar disponible, puede aparecer una sensación de pérdida difícil de identificar.
No siempre echamos de menos algo que tuvimos. A veces echamos de menos la vida que pensábamos que íbamos a vivir.
Puede ocurrir después de una ruptura, ante dificultades reproductivas, cuando una enfermedad obliga a modificar un proyecto de vida o cuando tenemos que abandonar una profesión o una etapa con la que nos sentíamos profundamente identificados.
En esos momentos no solo tenemos que adaptarnos a lo que ha ocurrido. También necesitamos revisar la imagen que habíamos construido de nuestro futuro.
Y hacer ese reajuste puede doler.
Cuando sentimos que nuestro dolor no está suficientemente justificado
Las pérdidas invisibles pueden resultar especialmente difíciles porque, muchas veces, tampoco sentimos que tengamos permiso para estar mal.
- “Pero fue decisión mía.”
- “Ya ha pasado bastante tiempo.”
- “Debería estar mejor.”
- “Hay personas que lo están pasando mucho peor.”
- “Al menos tengo otras cosas.”
A veces somos nosotros mismos quienes nos hablamos así, incluso aunque nadie más lo haya hecho.
Cuando una pérdida no es reconocida por nuestro entorno, es fácil que acabemos cuestionando también nuestro propio dolor. Y entonces aparece una dificultad añadida: además de adaptarnos a lo ocurrido, sentimos que deberíamos hacerlo rápido, sin que nos afecte demasiado y sin dar demasiadas explicaciones.
Pero que una pérdida no sea visible para los demás no significa que no sea importante. Su impacto no depende únicamente de lo que hemos perdido, sino también del significado que aquello tenía para nosotros y del lugar que ocupaba en nuestra vida.
El duelo no siempre se presenta como tristeza
Quizá por eso algunas personas tardan en darse cuenta de que están atravesando un proceso de duelo. Porque el duelo no siempre se parece a estar triste.
Puede aparecer como cansancio emocional, irritabilidad, ansiedad, sensación de vacío o dificultad para disfrutar de cosas que antes nos hacían bien. También pueden aparecer pensamientos que vuelven una y otra vez a lo ocurrido, preguntas sobre qué habría pasado si las cosas hubieran sido diferentes o una necesidad constante de intentar controlar aquello que todavía está en nuestras manos.
En otras ocasiones aparece algo más parecido a la desconexión. Seguimos trabajando, quedamos con otras personas, cumplimos con nuestras obligaciones y mantenemos nuestras rutinas, pero tenemos la sensación de estar haciéndolo todo un poco en automático.
También puede costarnos imaginar el futuro. Lo que antes parecía relativamente claro deja de serlo y aparece una pregunta incómoda:
¿Y ahora qué?
Qué queremos. Hacia dónde vamos. Incluso quiénes somos después de lo ocurrido.
Estas experiencias pueden tener muchas causas y, por sí solas, no significan necesariamente que estemos atravesando un duelo. Pero cuando aparecen después de una pérdida o de un cambio importante, pueden invitarnos a detenernos y preguntarnos qué estamos intentando elaborar.
Cuando una pérdida también cambia la imagen que tenemos de nosotros mismos
Hay pérdidas que no solo modifican nuestras circunstancias. También pueden poner en cuestión quiénes somos.
Podemos pasar de sentir que teníamos bastante claro quiénes éramos y hacia dónde íbamos a preguntarnos qué queda de nosotros cuando aquello alrededor de lo que habíamos construido una parte importante de nuestra vida deja de estar.
Esto puede ocurrir especialmente cuando la pérdida afecta a un proyecto importante, una relación significativa, un determinado rol o una expectativa que llevaba mucho tiempo formando parte de nuestra identidad.
Y entonces puede aparecer una sensación difícil de poner en palabras:
“Ya no sé quién soy ahora.”
Sentirnos así no significa necesariamente que haya algo que funcione mal en nosotros.
A veces significa que estamos atravesando un proceso de adaptación profundo. Nuestra vida ha cambiado y necesitamos tiempo para reorganizar nuestras expectativas, nuestros proyectos y también la imagen que tenemos de nosotros mismos.
No es extraño que durante ese proceso nos sintamos un poco perdidos.
Elaborar no significa olvidar
Cuando sufrimos una pérdida, es fácil pensar que avanzar significa dejarla atrás. Como si estar bien implicara conseguir que aquello deje de importarnos.
Pero elaborar un duelo no consiste en olvidar lo ocurrido ni en hacer que deje de doler para siempre. Consiste, en parte, en encontrarle un lugar dentro de nuestra historia.
Con el tiempo podemos recuperar la capacidad de disfrutar, volver a construir proyectos y mirar hacia delante sin necesidad de negar lo que pasó. La experiencia continúa formando parte de nosotros, pero puede dejar de ocupar todo el espacio.
Y aquí hay algo importante: aceptar una pérdida no significa necesariamente renunciar a nuestros deseos.
Podemos aceptar que una realidad ha cambiado y seguir teniendo esperanza. Podemos echar de menos una etapa y, al mismo tiempo, sentir ganas de construir otra. Podemos reconocer que algo no ocurrió como imaginábamos y seguir siendo capaces de imaginar un futuro diferente.
No siempre tenemos que elegir entre aceptar lo que ha sucedido y desear otra cosa. A veces podemos hacer las dos cosas a la vez.
¿Qué puede ayudarnos cuando sentimos que estamos atravesando una pérdida?
El primer paso puede ser reconocer aquello que hemos perdido, incluso cuando no sepamos muy bien cómo llamarlo.
Puede ayudarnos hablarlo con alguien que pueda escucharnos sin minimizar lo que sentimos. También puede ser útil escribir sobre lo ocurrido o preguntarnos qué parte de nuestra vida se ha visto afectada: una relación, un proyecto, una expectativa, una identidad o una determinada idea de futuro.
También es importante no compararnos. No existe una única manera de atravesar una pérdida ni un plazo universal en el que deberíamos sentirnos mejor.
Al mismo tiempo, seguir cuidando otras áreas de nuestra vida puede formar parte del proceso. Elaborar un duelo no significa permanecer todo el tiempo centrados en lo que hemos perdido. Recuperar rutinas, mantener los vínculos, retomar intereses y permitirnos construir nuevos proyectos también puede ayudarnos a adaptarnos a una realidad diferente.
Si el malestar se mantiene, empieza a interferir en nuestra vida cotidiana o sentimos que llevamos mucho tiempo intentando seguir adelante sin conseguir integrar lo ocurrido, el acompañamiento psicológico puede ofrecer un espacio para comprender mejor qué nos está pasando.
No para borrar la experiencia, sino para poder relacionarnos con ella de una manera que nos permita seguir avanzando.
Empezamos a entender lo que nos pasa
Quizá podamos quedarnos con una idea: no todo lo que perdemos es visible o tiene una despedida. Pero eso no significa que no pueda afectarnos profundamente.
A veces, entender por qué nos sentimos como nos sentimos empieza simplemente por reconocer que algo cambió.
Reconocerlo no hace que el dolor desaparezca de inmediato, pero puede ayudarnos a dejar de luchar contra él o a exigirnos estar bien antes de tiempo.
Y desde ahí, poco a poco, podemos empezar a encontrar una nueva manera de seguir.
Pide cita:
Rellena nuestro formulario
Para mantenerte informado/a de todos nuestros artículos, síguenos en Instagram.
