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Mi madre tiene TLP: comprender su historia sin perder de vista la tuya 

Mi madre tiene TLP: comprender su historia sin perder de vista la tuya 

Mi madre tiene TLP: comprender su historia sin perder de vista la tuya  800 800 Sandra Ribeiro

Antes de empezar, una pequeña aclaración. 

A lo largo de este artículo me dirigiré a ti en femenino y hablaré de hijas, no porque estas experiencias sean exclusivas de las mujeres, sino porque he elegido acercarme a esta realidad desde la mirada de una hija. Los hijos también pueden vivir situaciones similares y verse afectados por ellas. Utilizar el femenino es simplemente una elección narrativa que me permite mantener una voz cercana y coherente a lo largo del texto, sin excluir otras experiencias. 

Crecer con una madre que tiene trastorno límite de la personalidad (TLP) puede despertar sentimientos difíciles de ordenar. Este artículo está escrito para ti, desde la mirada de una hija: para ayudarte a poner palabras a lo vivido sin reducir a tu madre a un diagnóstico ni dejar tu experiencia en segundo plano. 

Quizá de niña no sabías qué era el trastorno límite de la personalidad. Sabías otras cosas. Sabías cuándo tu madre estaba más disponible, qué gesto podía anunciar una discusión o si era buen momento para contarle que estabas triste. 

Puede que haya recuerdos muy distintos entre sí. Días en los que te sentiste querida y comprendida. Otros en los que no sabías cómo acercarte a ella, o en los que acabaste preocupándote más por su reacción que por aquello que necesitabas contarle. 

Cuando años después aparece un diagnóstico, algunas piezas pueden empezar a encajar. Pero comprender qué le ocurría a tu madre no responde automáticamente a otra pregunta: ¿cómo fue para ti crecer en esa relación? 

Cuando aprendes a estar pendiente de cómo está tu madre 

El trastorno límite de la personalidad, o TLP, puede afectar a la regulación de las emociones, la manera de vivir las relaciones y la sensibilidad ante un posible rechazo o abandono. Se manifiesta de formas diferentes en cada persona; un diagnóstico no permite saber, por sí solo, cómo ha sido alguien como madre. También existen tratamientos que pueden ayudar a mejorar. 

Para comprender tu historia, importa mirar lo que sucedía entre vosotras. Quizá tu madre podía acompañarte cuando estaba tranquila, pero le costaba hacerlo en otros momentos. Tal vez, una conversación sobre algo que te había pasado terminaba girando alrededor de lo mal que se sentía ella. O quizá nunca sabías con seguridad qué respuesta encontrarías al acercarte. 

Cuando eso se repite, una niña puede empezar a observar antes de hablar. Aprende a elegir el momento, a suavizar una petición o a guardarse algo para no complicar más el día. Puede parecer una niña especialmente considerada o autónoma. Por dentro, quizá está intentando conservar la calma y asegurarse de que la relación sigue estando a salvo. 

No significa que estuvieras calculándolo todo de forma consciente. Los niños aprenden cómo funciona su entorno y se adaptan a él. Si reconocer el estado de ánimo de tu madre te ayudaba a saber qué podía ocurrir, era comprensible que desarrollaras esa atención. 

Algunas investigaciones han encontrado dificultades en determinados aspectos de la interacción emocional en grupos de madres con TLP y sus hijos. También muestran una realidad compleja: tener dificultades no equivale a no intentar cuidar, y los resultados de un estudio no describen a todas las familias. Por eso, más que buscarte en una lista de efectos esperables, merece la pena escuchar lo que pasó en la tuya. 

Cuando tus emociones encuentran poco espacio 

Piensa en una ocasión en la que necesitabas consuelo. Tal vez, habías discutido con una amiga, te sentías excluida en clase o tenías miedo por algo que no acababas de entender. ¿Qué pasaba cuando acudías a tu madre? 

Es posible que pudieras contar con ella algunas veces. También que, en otras, estuviera tan desbordada que no pudiera prestar atención a lo que te ocurría. Quizá recibías una respuesta intensa que te sorprendía, o te encontrabas consolándola después de haber empezado la conversación buscando consuelo para ti. 

Para una niña, estas experiencias pueden resultar difíciles de comprender. Todavía no tiene los recursos de una adulta para pensar: “Mi madre está pasando por un momento complicado y eso influye en cómo responde”. Es más fácil que se pregunte si ha dicho algo mal, si ha pedido demasiado, si es mala hija o si debería aprender a resolver las cosas sola. 

Con el tiempo, puedes haber desarrollado una gran capacidad para escuchar a los demás y muy poca costumbre de preguntarte qué necesitas tú. Puede que incluso ahora te resulte más sencillo explicar lo que sentía tu madre en aquella época que describir cómo te sentías en determinados momentos. 

Detenerte en tu experiencia no borra la de tu madre. Permite que aparezca una parte de la historia a la que quizá se prestó poca atención. 

“Quiero a mi madre, pero hubo cosas que me hicieron daño” 

A muchas hijas les cuesta sostener esta frase completa. En cuanto reconocen que algo les hizo daño, aparece una explicación sobre su madre: lo mal que lo pasó, las dificultades que tuvo o todo lo que sí hizo por ellas. Esas explicaciones pueden ser ciertas, no buscamos negarlas o invalidarlas. La pregunta es si te dejan espacio para terminar lo que estabas intentando decir. 

Quizá tu madre fue cariñosa en muchos momentos. Tal vez, se esforzó por ofrecerte cosas que ella nunca tuvo. Puedes agradecerlo y, a la vez, reconocer las ocasiones en las que te sentiste sola, confundida o asustada. No tienes que convertirla en una mala persona para dar valor a lo que viviste. 

También puede aparecer culpa cuando notas enfado hacia tu madre. Te preguntas si tienes derecho a sentirlo sabiendo que tiene un trastorno límite de la personalidad (TLP) y que algunas situaciones le resultaban difíciles de manejar. El enfado, sin embargo, puede señalar algo que necesitabas y no ocurrió, o un límite que se cruzó. Escucharlo no te obliga a tomar una decisión precipitada sobre la relación. 

A veces, ayuda dejar por un momento las grandes conclusiones y volver a preguntas concretas:  

  • ¿Podías estar triste sin sentir que debías cuidar de tu madre? 
  • ¿Podías expresar desacuerdo? 
  • ¿Qué sucedía después de una discusión? 
  • ¿Había reparación, una conversación que te ayudara a entender lo ocurrido? 

En esas escenas suele haber más información sobre tu experiencia que en cualquier etiqueta diagnóstica. 

Cuando te sentiste responsable de que tu madre estuviera bien 

Algunas hijas recuerdan haber intentado tranquilizar a su madre desde muy pequeñas. Otras no identifican un momento concreto, pero sí una sensación persistente: “Si yo estoy bien, si no doy problemas, si digo las cosas de la forma adecuada, quizá ella estará mejor”. 

Es mucho peso para una niña, ¿no crees? Puedes acompañar a tu madre, quererla y preocuparte por ella, pero no te correspondía regular sus emociones ni sostener la relación por las dos. Si sentías que debías hacerlo, merece la pena comprender cómo llegaste a ocupar ese lugar. 

En la vida adulta, esa responsabilidad puede continuar de maneras menos evidentes. Quizá contestas una llamada, aunque necesites descansar porque temes que no hacerlo la altere. Tal vez, explicas una y otra vez un límite sencillo, esperando encontrar una forma de decirlo que no le moleste. O sales de una conversación preguntándote qué podrías haber hecho para que ella no se sintiera así. 

Separar responsabilidades no consiste en dejar de sentir afecto. Consiste en reconocer que hay cosas que sí puedes decidir —cómo hablar, qué ofrecer, cuándo parar— y otras que pertenecen a tu madre, como buscar tratamiento, aceptar ayuda o hacerse cargo de sus propias reacciones. 

Esa diferencia puede parecer muy clara al leerla y muy difícil de sostener en la práctica. Si durante años aprendiste que su bienestar dependía, al menos en parte, de ti, necesitarás tiempo para construir otra manera de relacionarte. 

Lo que puede continuar en tus relaciones adultas 

Lo que aprendiste en casa puede reaparecer cuando estableces amistades, una relación de pareja o vínculos profesionales. Quizá percibes rápidamente cualquier cambio de tono y te preguntas si has hecho algo mal. Puede costarte expresar una queja porque anticipas una discusión, o sentirte egoísta cuando alguien necesita algo de ti y no puedes ofrecérselo. 

También puede suceder lo contrario: que te alejes en cuanto una relación se vuelve intensa, porque necesitas protegerte de una situación que te resulta conocida. No hay una única manera de responder a lo vivido. 

Estas formas de relacionarte tienen una historia. Si durante mucho tiempo estuviste pendiente de las reacciones de otra persona, es comprensible que hoy te cueste bajar la guardia. Si aprendiste a callarte para mantener la calma, expresar una necesidad puede producirte una incomodidad que parece desproporcionada para el momento presente. 

Comprender de dónde viene una respuesta no significa asumir que todo en tu vida se explica por la relación con tu madre. Significa disponer de una posibilidad más para entenderte. Puedes observar cuándo aparece esa respuesta, qué intenta proteger y si sigue siendo la que quieres utilizar ahora. 

El diagnóstico ayuda a entender a tu madre, pero no cuenta toda vuestra historia 

Si tu madre tiene un diagnóstico de TLP, quizá te haya proporcionado palabras para describir situaciones que antes te resultaban confusas. Puede ayudarte a entender por qué algunas emociones alcanzaban tanta intensidad o por qué ciertas conversaciones se volvían difíciles. 

Aun así, dos personas con el mismo diagnóstico pueden ejercer la maternidad de maneras muy diferentes. Influyen muchos aspectos: los apoyos con los que cuentan, el tratamiento recibido, otras dificultades personales, la historia familiar y la forma en que se organiza la vida cotidiana.  

Los estudios sobre madres con TLP y sus hijos no permiten predecir la experiencia individual de un/a hijo/a. 

También puede ocurrir que tu madre nunca haya sido evaluada y que sospeches que tiene este trastorno. En ese caso, conviene no convertir una hipótesis en una certeza. No necesitas resolver su diagnóstico para hablar de lo que recuerdas y de cómo te sentías: cómo se afrontaban los conflictos, qué lugar tenían tus emociones o qué aprendiste sobre pedir ayuda. 

En terapia, estas preguntas pueden explorarse sin obligarte a defender ni a condenar a tu madre. La intención es comprender mejor vuestra relación y el lugar que tú ocupaste u ocupas en ella. 

¿Cómo quieres relacionarte con tu madre ahora? 

No existe una respuesta que sirva para todas las hijas. Puede que desees mantener una relación cercana y necesites encontrar otra forma de conversar. Quizá quieras seguir en contacto con más distancia. Puede que necesites una pausa. O tal vez todavía no sepas qué quieres hacer. 

Antes de decidir, puede ayudarte mirar qué sucede hoy, además de lo que ocurrió en la infancia.  

  • ¿Puedes expresar un desacuerdo?  
  • ¿Tu madre escucha cuando le dices que algo te ha afectado?  
  • ¿Es posible retomar una conversación después de un conflicto?  
  • ¿Cómo te sientes tú tras pasar tiempo con ella? 

Poner límites puede ser parte de ese proceso. Un límite no tiene que ser una declaración definitiva sobre toda la relación. Puede ser algo concreto: “Ahora no puedo hablar de esto”, “Si empezamos a gritarnos, continuaré la conversación otro día” o “Quiero verte, pero hoy solo puedo quedarme una hora”. 

Es posible que al principio sientas culpa, incluso si el límite es razonable. Esa culpa no siempre indica que estés haciendo algo malo; a veces, aparece porque estás actuando de una manera nueva en una relación con reglas muy antiguas. Puedes atender a lo que sientes y, al mismo tiempo, valorar qué necesitas para cuidarte. 

Dar lugar a tu historia 

Quizá durante mucho tiempo hayas intentado comprender a tu madre. Has leído sobre el TLP, buscado explicaciones a sus reacciones y pensado en formas de ayudarla. Todo eso puede tener sentido. Tal vez, ahora necesites dedicar una parte de esa atención a ti. 

Puedes preguntarte qué echaste en falta, qué sí recibiste, qué emociones te cuesta reconocer y cómo te gustaría relacionarte en el presente con tu madre. Puede que descubras tristeza, enfado o ternura. También sentimientos contradictorios que aún no sabes nombrar. No necesitas ordenarlos todos antes de pedir ayuda. 

Un proceso terapéutico puede ofrecerte un lugar donde hablar de tu madre sin que la conversación termine alejándose otra vez de ti. No tiene que conducir necesariamente a romper el vínculo ni a reconciliarte. Puede ayudarte a comprender qué has vivido y a tomar decisiones más acordes con lo que necesitas hoy. 

Tu madre puede haber sufrido mucho. Su historia merece ser tratada con respeto. La tuya también. 

Estamos aquí para ayudarte.

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Sandra Ribeiro

Psicóloga General Sanitaria (M-34885)

Profesora del Dpto. de Psicología de la Personalidad, Evaluación y Tratamientos Psicológicos de la UNED

Profesora del Máster en Psicología General Sanitaria de la Universidad Villanueva

Responsable de formación y supervisora de casos clínicos en el Servicio de Psicología Aplicada (SPA) de la UNED

 

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