“Es que no me acuerdo de casi nada de mi infancia”.
Es una frase que escuchamos con frecuencia en terapia. A veces aparece dicha con extrañeza, otras con angustia, otras incluso con cierta desconexión, como si fuera algo sin importancia. Hay personas que pueden recordar datos concretos —el colegio, una casa, alguna anécdota aislada—, pero sienten que no tienen acceso real a su historia emocional. Otras describen directamente una infancia “borrosa”, llena de lagunas, como si hubiera partes enteras de su vida que no logran alcanzar.
Y esto suele generar mucha confusión.
Porque socialmente existe la idea de que, si una infancia fue “normal”, debería recordarse con claridad. Sin embargo, la memoria humana no funciona como una grabación objetiva de los hechos. Recordamos desde el cuerpo, desde las emociones, desde la seguridad emocional que tuvimos para vivir y organizar lo que nos ocurrió.
Por eso, cuando una persona siente que no recuerda su infancia, no siempre significa lo mismo. Detrás de esa ausencia pueden existir procesos psicológicos muy distintos.
Cuando el dolor no pudo ser elaborado
Una de las posibilidades es que hayan existido experiencias dolorosas, confusas o emocionalmente demasiado intensas para el niño que esa persona era entonces.
Cuando somos pequeños, nuestro cerebro y nuestra estructura psicológica todavía están en desarrollo. Dependemos de los adultos para comprender lo que sentimos, regular nuestras emociones y dar sentido a lo que vivimos. Si el entorno no puede ayudar al niño a procesar determinadas experiencias —porque hay miedo, caos, violencia, negligencia emocional, invalidez o simplemente una enorme soledad afectiva—, muchas vivencias pueden quedar “archivadas” de forma fragmentada.
No desaparecen realmente. Más bien quedan encapsuladas.
A veces el adulto no recuerda hechos concretos, pero sí vive con síntomas que parecen hablar por aquello que no pudo ser integrado: ansiedad persistente, hipervigilancia, sensación de peligro constante, miedo al abandono, dificultad para confiar, necesidad extrema de agradar o un sentimiento profundo de vacío que no logra explicar.
El cuerpo y las relaciones muchas veces recuerdan lo que la mente no puede narrar todavía.
A veces el trauma no es lo que ocurrió, sino lo que faltó
Muchas personas buscan en su historia “algo grave” que explique por qué no recuerdan su infancia. Y, al no encontrarlo, invalidan automáticamente su propio sufrimiento.
Pero el trauma psicológico no se define únicamente por acontecimientos extremos o claramente identificables.
A veces, lo más doloroso no fue algo que pasó, sino algo que nunca estuvo.
La infancia necesita presencia emocional, regulación, seguridad afectiva, mirada, validación y vínculo. Cuando todo eso falta de manera sostenida, el niño también puede desarrollar formas de supervivencia psicológica.
Puede haber existido una familia aparentemente funcional. Tal vez había rutinas, colegio, comida en casa y ausencia de violencia visible. Sin embargo, emocionalmente, el niño pudo sentirse profundamente solo.
Padres emocionalmente ausentes, fríos, imprevisibles, excesivamente críticos, deprimidos, desbordados o incapaces de conectar afectivamente con el hijo también dejan huella. Porque un niño no necesita únicamente cuidados físicos. Necesita sentirse visto, sostenido emocionalmente y seguro dentro del vínculo.
Y cuando esto no ocurre, muchas veces no quedan recuerdos organizados, sino sensaciones difusas: vacío, desconexión, dificultad para identificar necesidades propias o una sensación persistente de no saber quién se es realmente.
Algunas señales frecuentes en adultos que crecieron con carencias emocionales importantes pueden ser:
- Sentir culpa o incomodidad al necesitar ayuda.
- Tener dificultades para recordar cómo se sentían de niños.
- Vivir muy desconectados de las propias emociones.
- Adaptarse constantemente a las necesidades de los demás.
- Sentir que “no tienen motivos” para estar mal.
- Minimizar continuamente el propio sufrimiento.
- Tener una sensación crónica de vacío o soledad emocional.
Muchas veces, el problema no es que “no pasó nada”. El problema es que faltaron experiencias emocionales fundamentales para el desarrollo psicológico.
La disociación: desconectarse para poder sobrevivir
En algunos casos, la ausencia de recuerdos puede estar relacionada con procesos disociativos.
La disociación es un mecanismo de supervivencia. Cuando el sufrimiento resulta demasiado intenso, el niño puede desconectarse parcial o totalmente de la experiencia para poder soportarla. Es una forma de protección del sistema nervioso.
No siempre se manifiesta de manera extrema o evidente. A veces aparece como sensación de ir “en automático”, desconectarse emocionalmente, sentir la propia historia como lejana o tener enormes dificultades para conectar con recuerdos autobiográficos.
Muchas personas con experiencias traumáticas relacionales recuerdan fragmentos aislados, escenas sueltas o imágenes muy concretas, pero sienten enormes vacíos entre medias. Otras recuerdan perfectamente los hechos, pero no pueden conectar emocionalmente con ellos, como si le hubieran ocurrido a otra persona.
Y algo importante: la ausencia de recuerdos no confirma automáticamente un trauma severo, pero tampoco lo descarta. Cada historia necesita ser comprendida desde su singularidad y con mucho cuidado clínico.
Los recuerdos existen, pero a veces no sabemos cómo acceder a ellos
Hay una idea importante que muchas personas descubren en terapia: el problema no siempre es la ausencia de recuerdos, sino la dificultad para acceder a ellos.
La memoria infantil no está formada únicamente por relatos ordenados y cronológicos. Muchas experiencias quedan almacenadas de maneras mucho más complejas y profundas.
La infancia también vive en el cuerpo, en las emociones automáticas, en los patrones vinculares, en las elecciones repetidas, en los síntomas, en las reacciones intensas que parecen no tener explicación o en determinadas sensaciones que aparecen una y otra vez a lo largo de la vida.
Por eso, una persona puede decir que no recuerda casi nada de su infancia y, sin embargo, vivir atrapada en dinámicas que hablan constantemente de ella.
A veces el recuerdo aparece como una sensación corporal difícil de explicar. Otras veces surge al construir un vínculo seguro en terapia, al convertirse en padre o madre, al vivir una pérdida importante o al experimentar situaciones que activan emocionalmente experiencias antiguas.
La memoria no siempre vuelve como una película completa.
Muchas veces vuelve en fragmentos, emociones, imágenes aisladas o comprensiones nuevas sobre uno mismo.
Y eso también es memoria.
Recordar no siempre significa sanar
Existe una idea muy extendida de que sanar implica necesariamente “recordarlo todo”. Y esto puede generar mucha presión en personas que sienten que tienen lagunas en su historia.
Pero la realidad es más compleja.
Forzar recuerdos puede ser invasivo e incluso contraproducente. El sistema psicológico necesita sentirse seguro antes de acercarse a determinadas experiencias. Muchas veces los recuerdos emergen poco a poco, de manera fragmentada y en el ritmo que la persona puede sostener emocionalmente.
Por eso, en terapia, el objetivo no debería ser “obligar a recordar”, sino comprender qué necesita esa persona para sentirse suficientemente segura como para empezar a conectar consigo misma.
- A veces el trabajo terapéutico no comienza preguntando “qué pasó”, sino preguntando:
“¿Cómo aprendiste a sobrevivir emocionalmente?”
- “¿Qué sentías que no podías expresar?”
- “¿Qué necesitabas y no encontrabas?”
- “¿Qué partes de ti tuviste que desconectar para adaptarte?”
Porque muchas veces la verdadera herida no está solo en el recuerdo perdido, sino en todo aquello que el niño tuvo que hacer para seguir adelante.
Cuando el vacío empieza a tener sentido
Hay personas que pasan años sintiendo que “les falta algo” en su historia. Como si hubiera una distancia extraña entre ellas y su propia infancia.
Y aunque al principio ese vacío puede generar angustia, culpa o confusión, en terapia muchas veces comienza a adquirir significado. No desde la imposición de una narrativa, sino desde la comprensión profunda de cómo funcionó su mundo emocional.
En nuestro centro, no buscamos forzar recuerdos ni empujar al paciente hacia aquello para lo que todavía no está preparado. El trabajo terapéutico consiste en crear un espacio seguro, estable y respetuoso donde la persona pueda empezar a acercarse a sí misma sin miedo.
Y, muchas veces, cuando el sistema nervioso deja de estar en supervivencia, algunos recuerdos comienzan a aparecer. A veces en forma de imágenes. Otras en forma de emociones, asociaciones, sueños, sensaciones corporales o comprensiones nuevas sobre la propia historia.
Porque hay memorias que no desaparecieron.
Simplemente estuvieron esperando el momento en que pudieran ser sentidas sin tanto peligro.
Y si mientras lees esto sientes que hay partes de tu infancia a las que no consigues acceder, queremos que sepas algo importante: no estás inventando tu malestar, no estás exagerando y tampoco necesitas “demostrar” que sufriste para merecer ayuda.
A veces el sufrimiento no deja recuerdos claros, sino silencios, vacíos, desconexión o una sensación persistente de que algo dentro de uno mismo no termina de encajar. Y eso también merece ser escuchado.
En el Centro de Psicología Sandra Ribeiro trabajamos desde una mirada profunda, respetuosa y especializada en trauma, apego y heridas emocionales tempranas. Si sientes que hay partes de tu historia que todavía no logras comprender, pedir ayuda puede ser el comienzo de construir, por fin, una relación más segura contigo mismo.
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Sandra Ribeiro
Psicóloga General Sanitaria (M-34885)
Profesora del Dpto. de Psicología de la Personalidad, Evaluación y Tratamientos Psicológicos de la UNED
Profesora del Máster en Psicología General Sanitaria de la Universidad Villanueva
Responsable de formación y supervisora de casos clínicos en el Servicio de Psicología Aplicada (SPA) de la UNED
